Y tú, ¿Te permites el dolor? 

En numerosos libros de autoayuda aparece como primera premisa el control de nuestros pensamientos, y ello partiendo de la base de que nosotros somos los dueños y únicos responsables de lo que pensamos.                                     

Creo que realmente existe un margen de maniobra más o menos grande respecto a nuestros pensamientos, y en este sentido se puede conseguir que una vez que un pensamiento acude a visitarnos, a distraernos, lo mantengamos relativamente controlado evitando recrearnos en él y darle vueltas una y otra vez, y en este sentido comulgo y creo firmemente que se puede y –en principio- es beneficioso hacerlo, si con ello se favorece nuestra salud y nuestra felicidad.                           

Aun partiendo de la base de que los hechos, en sí, son neutros, y de que cada cual hace una interpretación y valoración diferente de ellos basada en sus propios instintos, sentimientos, hábitos y experiencias, y así, lo que para algunas personas es muy traumático para otros no lo es tanto o incluso no lo es en absoluto, y de que en ello también influye la sociedad en la que se ha vivido, e incluso nuestro estado emocional en el momento presente y nuestra evolución personal.                   

 Sin embargo, cuando tenemos un “supuesto problema”, o un “supuesto trauma” o “gran preocupación” y digo “supuesto” y  “gran” por dar cabida a nuestra valoración personal de ellos, pues bien, en estos casos ese pensamiento tortuoso parece que nos acecha, nos persigue sin tregua, nos visita hasta de noche impidiéndonos dormir, y en muchos momentos nos impide llevar una vida tranquila, sosegada y feliz, llegando a percibirlo como un constante acoso, y aun teniendo las herramientas necesarias, aun intentando por todos los medios aprendidos distraernos y pensar en cosas diferentes, en muchos casos es aún peor, se acomoda en nuestro ser y parece que se mofa, pues cuanto más intentamos eliminarlo más nos persigue.    

Numerosos autores nos hablan del control de nuestros pensamientos para llevar una vida mejor, lo cual es totalmente habilitante y práctico, pero no debemos olvidar aquellas ocasiones en las que nos es imposible localizar ese otro pensamiento habilitante para cambiarlo por el que nos perjudica, dicho de otra forma, pensamos en negativo y no somos capaces de pensar en positivo por mucho que lo intentemos, entonces, ante tanta insistencia de cambio de pensamiento, ¿no estaremos generando otro problema mayor que es el de culpa y con ella falta de autoestima por sentirnos incapaces de controlar nuestros pensamientos y con ello no tener acceso a este maravilloso mundo feliz que se nos promete.?                                                        

Con todo esto lógicamente me estoy refiriendo a personas con cierta salud mental, que no tengan mermadas o disminuidas su capacidad de actuación, en cuyo caso sería un tema a tratar por otros especialistas.                     

Volviendo a lo andado, mi propuesta sería la aceptación, ante aquello que nos sentimos incapaces de cambiar aceptarlo tal y como viene, nos llega como nos tiene que llegar en nuestra evolución y experiencia, “por y para algo nos llegará así”, en primer lugar, sería bueno  ver la posibilidad de cambiar el pensamiento que nos llega por otro más habilitante, algo que nos permita abrir posibilidades, y acostumbrarnos a hacerlo como algo habitual en nuestras vidas, sí,  pero si no damos con el pensamiento, si no nos cuadra ninguno, si no encontramos la manera de verlo diferente, mi propuesta es dejarlo tal cual, no juzgarlo, ni juzgarnos a nosotros por ello, simplemente aceptarlo como válido para nosotros, y ¿porque no? Vivirlo, vivir y sentir “el mal trago”, sentirlo, sentir el dolor, esto es humano y el primer paso para aceptar un duelo, el primer paso para dejar de sufrir es la aceptación del dolor, permitámosnos el dolor sin sentirnos culpables por ello, que nadie nos diga si podemos o cuando podemos sufrir, es algo a lo que tenemos derecho, el dolor en sí es reparador.                                                                    

Una vez que hemos perdido el miedo al dolor, que somos capaces de permitírnoslo sin juzgarlo, mi propuesta es bucear en él y buscar lo siguiente: ¿Por qué o para que viene ese dolor a mí?, ¿Cuál es el aprendizaje que me trae?, ¿Qué me está queriendo decir?, ¿en que puede contribuir a mi evolución.?                       

¡Aprendamos a permitirnos el dolor de una pérdida, pero jamás perdamos el aprendizaje que nos permite el dolor!

La importancia de pensar en positivo

Siempre hemos oido hablar de la importancia de pensar en positivo, del optimismo y sus repercusiones en nuestras vidas, y del porqué de que las personas optimistas vivan mejor.

Aquí tengo la buena y la mala noticia típicas:

La mala es que las emociones se generan automáticamente, y no tenemos el más mínimo poder sobre ellas, y de la propia emoción se desencadenan una serie de pensamientos y actuaciones habitualmente (de hábitos) rápidas y típicas en nosotros con las que, si bien es cierto, podemos negociar interiormente aportándoles consciencia, también lo es, que la mayoría de nosotros no tenemos entrenado ese hábito tan importante “la consciencia”, por lo que normalmente procedemos rápidamente a repetir comportamientos habituales que muchas veces limitan o dificultan nuestras vidas.

Y me diréis, -¿bueno, y la buena noticia con este panorama cuál es?
– La buena noticia es que podemos crear hábitos de pensamientos positivos (habilitantes).

-¿Y como se hace esto?. 

-Lo podemos hacer si cada vez que algún pensamiento nos genera malestar, ponemos el foco en el pensamiento y lo cambiamos.

-¿Y cómo se cambia un pensamiento?, me diréis.

 Pues aqui empieza el tema del positivismo. 
Lo primero a hacer es observar el pensamiento como algo ajeno a ti, algo impersonal y neutro, como si no fuera tuyo.
A continuación buscamos otro pensamiento que pudieramos tener respecto de esa situación que nos provoque mas satisfacción o menos frustración, es decir,  lo que comunmente conocemos como pensamiento mas positivo, y que por supuesto creamos en él como algo cierto, pues sino es así no sirve para nada, solo sería engañarnos.

El mejor ejemplo que me viene a la cabeza, es el del vaso lleno de agua hasta la mitad, cada vez que lo veamos medio vacío, intentemos verlo medio lleno.

Soy consciente, tanto de la dificultad de buscar el pensamiento (es salir de nuestros hábitos), como de la dificultad de  generar habitos nuevos, esto requiere sin duda un esfuerzo, pero pienso que vale la pena intentarlo.
Me gustaría incorporar aqui como tema de gran ayuda el tema del agradecimiento. 
En la medida en que damos las gracias, aunque no nos paremos a pensarlo, estamos hablando de nuestra satisfacción, de reconocimiento hacia el otro, de regalo y de alegria por lo recibido, ya que al darlas, entendemos que podía no habérsenos concedido algo, y  que sin embargo lo tenemos.

Realmente no existe nada más habilitante para nosotros y positivo que dar las gracias. ¡Generemos el hábito de dar las gracias!, aunque solo sea por nuestro bienestar.

¿Y tú que prefieres, tener razón o ser feliz?

Todos los palabras que se expresan tienen a mi entender su propia verdad o razón, es la razón de aquel que las emite, y por lo tanto, llegan cargadas con la propia identidad del emisor (educación familiar, entornos sociales en los que ha vivido, emociones y sentimientos sentidos e integrados como experiencias o aprendizajes y creencias adquiridas y desarrolladas), todo ello ha sido interiorizado y convertido, a base de ser repetido una y otra vez, en sus propios hábitos y en su propia identidad actual. 


A la identidad del emisor, se unen tambien las circunstancias externas que le rodean en el momento presente, y el estado anímico en el que se encuentre. Todas estas parámetros son los que influyen en el contenido de “la verdad” de cada uno en un momento dado. 
Así, según sea el estado anímico vemos la vida de distinta manera y por lo tanto “nuestra verdad” puede ser diferente según las circunstancias que se dan en el preciso momento en el que las palabras que emitimos ven la luz. Cada uno de nosotros es poseedor de “su propia verdad” y del motivo de sus palabras y actuaciones, ya sea de forma consciente o inconsciente.
Si unimos a esto la existencia de una gran e insalvable brecha en el lenguaje humano, (tal como nos explica el profesor Echeverría) que nos impide una comprensión total entre emisor y receptor,  y añadimos aún unos ingredientes educativos que nos incitan a creer en la existencia de una “única verdad”,  ya tenemos el caldo de cultivo, no para una brecha, sino para una incomprensión total en la expresión del lenguaje que utilizamos para comunicarnos con los demás, y por añadidura de todos los argumentos que utilizamos para explicar “nuestra verdad”.
Ante esta realidad, ¿Será el lenguaje la  forma más adecuada de comunicarnos?, ¿No sería más lógico y menos agotador buscar los temas en los que podemos llegar a acuerdos que las razones o “verdades únicas” que tenemos cada uno?
Sin olvidar las miles de razones individuales de una colectividad, y aún a sabiendas de que son mis propias (de Ángeles) expectativas las que estoy proyectando, me gustaría plantear lo siguiente: 
Ante la existencia de una crítica o queja que realizamos individualmente sobre las opiniones o actuaciones ajenas, con la intención de privarles a los demás de “su razón” en beneficio de la nuestra, oponiéndonos  a ellos, y  que nos sirve habitualmente para permanecer cómodos en nuestra zona de confort, actuación que realizada colectivamente nos permite tener la sensación de colocarnos en esa extraña y falsa seguridad de pertenecer a un colectivo con el que sentirnos reforzados en nuestra identidad, y desde el que nos contemplamos en absoluta posesión de “la única”, “indiscutible” y “existente verdad universal” que defendemos.
¿No estaremos así, colectiva y fuertemente privando de la razón a cualquier otro colectivo que no sea el nuestro?.
¿Qué ocurriría si en lugar de agruparnos definiendo y cercando nuestro colectivo para privar de la razón a otros colectivos distintos, fuésemos capaces de agruparnos en la búsqueda de aquello que nos une al otro colectivo?
¿Seríamos capaces de agruparnos en cualidades humanas como nuestra humanidad, solidaridad, confianza, respeto, valores, y en el bienestar y beneficio colectivo situándolo por encima del individual?.
¿Y si buscáramos acuerdos en lugar de diferencias?. ¿Como sería nuestra existencia si en lugar de intentar “salirnos con la nuestra” fuésemos capaces de entender que los demás tienen su propia razón,  y que ésta no tiene porque coincidir con la nuestra, e incluso asimilar que aunque no logremos comprenderla, no por eso dejará de existir para ellos?
¿Podremos llegar a acuerdos desde el respeto, aprendizaje y enriquecimiento en la diversidad de los demás en lugar de profetizar con nuestras “superiores” ideas?
En este momento de la humanidad, nosotros,  como seres en el camino del autoconocimiento y en la búsqueda de del desarrollo personal y espiritual, y con el deseo de generar una vida colectiva mejor, 

¿No tenemos un cierto compromiso con nuestras palabras y actos?.
Y si nuestro deseo es generar una vida mejor,
¿Seremos capaces de comenzar por la escucha y el respeto?.
¿Podremos manifestar nuestra evolución en este aspecto?, ¿Podremos buscar acuerdos?.
¿Podremos estar de acuerdo, al menos, en que no estamos de acuerdo?

La aldea de Babel

Para resolver conflictos ¿Dónde pones el foco?

Había una vez una aldea, al lado del mar, dirigida por un jefe al que elegían mensualmente, y con el que rara vez llegaban a acuerdos satisfactorios para todos.

El problema de la falta de acuerdos comenzaba cuando el jefe pronunciaba su primer discurso, una vez reunidos todos en la gran cabaña que habían construido para este fin. 

Así, por ejemplo, el nuevo jefe  comenzaba diciendo: 

– ¡Vamos a construir un dique en la aldea para evitar la entrada de agua de las inundaciones en la temporada de lluvias!.

Entonces comenzaban los murmullos y los corros entre los asistentes.

En un grupo se hablaba de que en la aldea cercana, habían conseguido, canalizándolo por el suelo, hacer fluir sin problemas el agua, en otro se hablaba de unos acueductos que alguien había visto y que sin duda eran la mejor opción, otro corro hablaba sobre la importancia de ganar terreno al mar a base de echar tierra y drenarlo, otro grupo mas allá estaba de acuerdo en ganar terreno al mar pero mediante sistemas de maderas flotantes, otros hablaban de socavar la tierra al lado del mar, para que al llenarse el hueco de agua esta se pudiera canalizar evitando que el agua entrase en el poblado, incluso  hubo algunos que  hablaban sobre la operación que se estaba fraguando con la compra del cemento del dique, ya que la familia del nuevo jefe vendía cemento. 

Así uno y otro mes, iban repitiendo las mismas discusiones, lo que les impedía claramente llegar a ningún acuerdo que los satisfaciera.

Mientras esto ocurría, los niños en la calle jugaban animadamente a diferentes  juegos en los que cada uno adoptaba un papel distinto sin cuestionarlo y cuando surgía algún conflicto lo solucionaban en menos que canta un gallo.

La relación de los niños con el juego fue observada por un aldeano, quien se cuestionó la magia que existía para tomar acuerdos en ésos juegos infantiles, y así en la reunión mensual del discurso del nuevo jefe, lo expuso al resto de los aldeanos:

– ¿Porque no preguntamos a los niños como se las arreglan para llegar a acuerdos rápidos en lugar de discutir durante largo tiempo para no conseguir coordinar acciones?.


Después de varios minutos discutiendo sobre si era lo adecuado aprender de unos niños o no, y si esto les haría pensar a los niños que tenían mas conocimientos y eran más importantes que los padres cuestionando así su autoridad, al final, con alguna que otra queja decidieron preguntarle a los niños.

¿Estais de broma?, contestaron los niños pero ante la insistencia de los adultos respondieron:



El juego para nosotros es lo más importante, es la razón para estar aquí todos reunidos, y no hay nada ni nadie en ese momento que tenga mas importancia que el propio juego, por lo tanto, cada uno de nosotros sabe que se tiene que adaptar al juego para que el resto de compañeros le dejen jugar.  Si pensáramos en nosotros como lo mas importante, sería el juego el que tendría que adaptarse, y al no ser esto posible, sabemos que somos nosotros los que nos tenemos que adaptar y seguir las reglas del juego.

Y de esta sencilla manera, aprendiendo de los niños, se dieron cuenta los aldeanos de que para gestionar un bien común, tenían que olvidarse un poquito de ellos y dar  importancia a ese bien colectivo por encima de sus propias individualidades, y de que siendo capaces de llevarlo a cabo, la mejora que obtenían no era solo para la aldea, sino también para ellos individualmente.

Sale de tí lo que llevas dentro

Me gustaría compartir hoy este bonito cuento de Wayne Dyer con moraleja que ha llegado a mis manos (y he adaptado a mi gusto), por lo sencillo, claro y enriquecedor que me ha parecido.

Un  profesor decidió un día llevar una naranja a su clase, y le pregunto a sus  alumnos:
– Si yo exprimiera esta naranja tan fuerte como pudiera, ¿qué podría salir?
–  Zumo, ¡por supuesto!, le respondieron.
– ¿Creeis que podría salir de ella zumo de manzana?
– ¡No, imposible! (Se reían). 
– ¿Y zumo de pera?
– ¡Tampoco!, solo podría salir zumo de naranja.
– ¿Y por qué cuando exprimo una naranja sale zumo de naranja?
– Bueno, es una naranja y eso es lo que hay dentro.
Asintió con la cabeza y les dijo: 
– Cierto. Vamos a suponer que ésta naranja no es una naranja, sino que eres tú y alguien te aprieta,  te presiona, te dice algo que no te gusta y te ofende, ¿Que sale de tí?, de tí sale ira, odio, amargura, miedo, ¿Y por qué sale ésto?
– Porque  es lo que hay dentro. Le respondió uno de sus alumnos.
– Exacto, ésta es una de las grandes lecciones de la vida: ¿Qué sale de tí cuando la vida te aprieta, cuando alguien te produce dolor o te ofende? 
Si la ira, el dolor y el miedo salen de tí, es porque eso es lo que hay dentro.
No importa quien hace la afrenta, si es tu madre, tu hermano, tus hijos, tu jefe, etc… 
Si alguien dice algo acerca de tí que no te gusta, lo que sale de tí es lo que hay dentro;  Y lo que está dentro sólo depende de tí, ¡es tu elección! Cuando alguien te presiona y sale amor, es porque eso es lo que has permitido que esté en tu interior, porque “de la abundancia del corazón habla la boca”.
Adaptación del original

¿Porque te empeñas en ser como los demás?

¿Porque te empeñas en ser como los demás?,  si tu percepción de las cosas es maravillosamente diferente,

¿Porque te empeñas en ser como los demás?, si en tu diversidad encierras el mayor de tus encantos,

¿Porque te empeñas en ser como los demás?, si no hay nada mas hermoso que una flor en pleno césped,

¿Porque te empeñas en ser como los demás?, ¡si tú supieras la cantidad de personas que desearían ser como tu!.

¿Porque te empeñas en ser como los demás?, ¡si te vieras como yo te veo!, serías feliz tan solo disfrutando de ti pensando en ti, contemplando tu ser, tu hacer, tu esencia, tu físico, tu perfume, tu manera, tu palpitante Divinidad.


¿Porque te empeñas en ser como los demás?, si hasta en la sociedad se valoran los modelos exclusivos.
¿Porque te empeñas en ser como los demás?, si la verdad es que tú, …… tú has nacido para ser diferente.